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	<title>Editorial Elephas &#187; Noticias</title>
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		<title>Tren a Trieste</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Nov 2011 19:06:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Novedades]]></category>
		<category><![CDATA[Obras]]></category>

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		<description><![CDATA[Domnica Radulescu]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[
		<div class='book-shortcodes'>
			<div class='book-inner'>
				<strong>Autor</strong>: Domnica Radulescu<br/>
<strong>Traducción</strong>: Karoly Molina<br/>
<strong>Género</strong>: Novela<br/>
<strong>Colección</strong>: Nómada<br/>
<strong>Tamaño</strong>: 13.5 x 21 cm<br/>
<strong>Páginas</strong>: 440<br/>
<strong>ISBN</strong>: 978-607956672-2<br/>
<strong>eBook ISBN</strong>: 978-607956673-9<br/><br/>
<a href="http://itunes.apple.com/us/book/tren-a-trieste/id480370136?mt=11"><img src="http://www.editorialelephas.com/wp-content/media/iBookstore_Badge_ES_126x40_0311.gif" alt="Disponible en iTunes - iBooks de Apple." /></a><br/><br/>
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<p>Domnica Radulescu entrelaza magistralmente una historia de amor con la de un país que sufre. Un amor apasionado, intriga política, compromisos e ideales se encuentran, se atraen y se rechazan, en un lugar con oportunidades limitadas. Se trata de un valioso documento sobre la vida en una Rumania bajo la dictadura de Nicolae Ceaușescu y un espléndido recorrido por mundos culturales paralelos y diversos.</p>
<p>Es el verano de 1977 cuando Mona Manoliu, de 17 años, se enamora de Mihai, un muchacho provinciano con ojos verdes. Una historia de amor apasionada se desarrolla entre ellos, pero en una Rumania bajo la dictadura, tanto la vida como el amor son difíciles. Mona decide dejar ese mundo en donde todos sospechan de todos, y huye de su país a bordo de un tren, el tren a Trieste.</p>
<p>Una cultura y un mundo nuevos se revelan ante los ojos de Mona, no obstante, mientras construye una nueva vida, la pregunta de quién era en realidad Mihai continúa persiguiéndola. Años después regresa a su país natal decidida a descubrir la verdad acerca del amor de su vida.</p>
<div class='et-learn-more clearfix'>
					<h3 class='heading-more'><span>Lunas anaranjadas (fragmento del capítulo I)</span></h3>
					<div class='learn-more-content'><p>Me encuentro a Cristina, mi amiga de la infancia. Sus dos trenzas color castaño están enrolladas alrededor de su cabeza, y me da la noticia, sin aliento, sin una palabra de introducción o algún saludo, como si hubiera estado esperando encontrarme en la calle esta noche.</p>
<p>“¿Escuchaste lo de Mariana? Mihai la mató”, dice Cristina. “Los dos fueron a un viaje de tres días a fines de abril. Bajaban la Piedra del Príncipe, tratando de llegar a su tienda de campaña antes de que oscureciera. Él caminaba detrás de ella, y accidentalmente pateó una piedra suelta. Le pegó en la cabeza y la mató, así.”</p>
<p>Cristina comienza a sollozar. Era buena amiga de Mariana y aprendió de ella a besar y sobre cómo hacer el amor, que luego me platicaba. Intento visualizar a Mariana. Solía admirarla. Me daba envidia su voz rasposa y cómo soplaba el humo del cigarrillo formando aros. Amaba la forma en la que se dejaba caer sin cuidado en las piernas de su novio, girando sus faldas gitanas. Pero, más que nada, me imagino a su novio Mihai Simionu. Tiene ojos verdes y pestañas largas, y rasgaba las cuerdas de su guitarra y tocaba canciones melancólicas. La noticia de Cristina sobre el accidente me horroriza, pero por algún motivo no me siento triste por Mariana.</p>
<p>Mihai y Mariana tienen cuatro años más que Cristina y yo, y nosotras estábamos fascinadas con ellos y con su amor. A veces los seguíamos y los espiábamos. Yo veía a Mihai de reojo, mientras caminaba de la mano de Mariana y chiflaba. Ahora me lo imagino caminando así, pero no hay nadie tomando su mano.
En lugar de ir hacia la avenida, regresamos a nuestro barrio. Cristina no quiere que todo el mundo la vea llorando. Pasamos una hilera de casas de piedra perfectamente alineadas, color amarillo, durazno y azul, camino al parque que está al final de la calle y vemos a Mihai caminando en círculos en las sombras alrededor de la banca de madera donde él y Mariana solían besarse y cantar hasta tarde por la noche. Él no está afeitado y tiene pantalones cortos a cuadros, botas y una camisa arrugada de manga corta. Cristina comienza a llorar otra vez cuando lo ve, y le digo que se vaya a casa y me deje a solas con él.</p>
<p>Lo veo fumando uno de esos cigarrillos rumanos sin filtro que llaman Carpaţi, Cárpatos, casi como una broma cruel. Nunca entendí por qué tales cigarrillos apestosos llevan el nombre de nuestros más bellos patrimonios naturales. Los cigarrillos rumanos son los peores cigarrillos del mundo, amargos y agrios. De pronto, me duele el corazón por él, fumando y caminando furiosamente, dolido por su pérdida. Voy hacia él, me cruzo en su camino desvergonzadamente para que no me pueda ignorar. Me tiene que ver. Y lo hace. Descansa de su enojo y sonríe un poco, haciendo bizco sus ojos verdes en el humo. Le pregunto si quiere caminar conmigo. Él acepta.</p>
<p>La luna está llena, colgando bajo. Él lleva la cabeza agachada y camina rápido. No puedo seguirle el paso. La cara todavía me arde por el sol del Mar Negro y por la noche de verano, por la luna llena y por sus ojos verdes. Estoy ardiendo como brasas. Brillo en la oscuridad.</p>
<p>No hay carne en las tiendas ni hay papel de baño. La harina, el aceite y el azúcar están racionados. La gente dice que está tan mal ahora en 1977 como lo estaba durante el estalinismo. Lo peor de todo es que hay hombres con chaquetas de cuero negras y ojos pequeños que observan en todas las esquinas, en todos los pisos de todos los edificios, y que escuchan cada línea telefónica. Quieren saber si te estás quejando, si bromeas, si hablas con extranjeros, si planeas salir del país, y en dónde conseguiste tus cigarrillos Kent. De algún modo, mucha gente logra escapar del país. Casi todos los días hay noticias sobre fulano y zutano que se fueron en un viaje turístico a Alemania y nunca regresaron, o que fueron a Yugoslavia y luego, de algún modo, terminaron en Italia. Afortunados, siempre decimos. Gente inteligente, ¡qué bueno por ellos!, también decimos.</p></div>
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		<title>La Embajada de Brazil y la editorial Elephas invitan&#8230;</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Nov 2011 17:16:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Evento]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<a href="http://www.editorialelephas.com/wp-content/media/RuffatoCoctelWeb.jpg"><img alt="" src="http://www.editorialelephas.com/wp-content/media/RuffatoCoctelWeb.jpg" title="Coctel literario con Luiz Ruffato" width="595" height="227.5" /></a><br />
<a href="http://www.editorialelephas.com/wp-content/media/RuffatoMammaInfo.pdf"><img alt="" src="http://www.editorialelephas.com/wp-content/media/RuffatoMammaInfo.pdf" title="Coctel literario con Luiz Ruffato" width="595" height="770" /></a>
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		<title>Mamma, son tanto felice</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Oct 2011 15:28:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge</dc:creator>
				<category><![CDATA[Featured]]></category>
		<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Novedades]]></category>
		<category><![CDATA[Obras]]></category>

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		<description><![CDATA[Luiz Ruffato]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[
		<div class='book-shortcodes'>
			<div class='book-inner'>
				<strong>Autor</strong>: Luiz Ruffato<br/>
<strong>Traducción</strong>: María Cristina Hernández Escobar<br/>
<strong>Género</strong>: Novela<br/>
<strong>Colección</strong>: Nómada<br/>
<strong>Páginas</strong>: 200<br/>
<strong>Tamaño</strong>: 13.5 x 21 cm<br/>
<strong>ISBN</strong>: 978-607956670-8<br/>
<strong>eBook ISBN</strong>: 978-607956671-5<br/><br/>
<a href="http://itunes.apple.com/us/book/mamma-son-tanto-felice/id473394888?mt=11"><img src="http://www.editorialelephas.com/wp-content/media/iBookstore_Badge_ES_126x40_0311.gif" alt="Disponible en iTunes - iBooks de Apple." /></a><br/><br/>
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Mamma, son tanto felice recrea el universo de una comunidad de inmigrantes italianos en el Brasil de principios del siglo pasado, en un collage de historias minuciosamente construidas. Un padre vengativo y violento sigue la lenta desintegración de la familia; el remordimiento y la enfermedad consumen a una mujer; una madre y su hijo saldan sus cuentas con el pasado; un hombre se siente culpable de un delito que no está seguro de haber cometido; otro desaparece sin dejar rastro; un maestro guarda un secreto terrible&#8230;</p>
<p>Todos ellos, “propietarios del imposible retorno”, pueblan este nuevo mundo que surge como un infierno.</p>
<p><div class='et-learn-more clearfix'>
					<h3 class='heading-more'><span>Una fábula (fragmento del capítulo I)</span></h3>
					<div class='learn-more-content'><p>El Micheletto viejo reservaba los domingos para, además de asistir a misa en la iglesia de san Sebastián, hacer averiguaciones sobre pleitos, herrar el caballo, comprar víveres con Maneco Linhares, bagatelas en la tienda del Turco, cascar arroz en la máquina, echarse unos tragos donde Pivatto, probar suerte en el trueque de un novillo o de un cerdo semental, llevar un pedido de huevos de pato, un ipequí, alguna tontería de mujer, una cosa, otra. Los ojos de Andrés iluminaron al Padre en un día como ése: dos enormes brazos largos se prendieron de los hombros del gigante, que, medio borracho, desfiló por la plaza, orgulloso, señalando en las copas de los árboles a los perezosos, dándoles palomitas a los titís ariscos, pateando perros callejeros adormilados. Lo rancio del humo, que —al ser exhalado de los vastos bigotes pelirrojos desparramados sobre la boca— impregnaba los ya escasos cabellos rubios, los ojos azules, la ropa de algodón ordinaria, los poros, y todo esto, junto con el ácido aroma de la cachaza, marearon a Andrés, su vista se nubló, ¿cuántos años tenía entonces? ¿dos? ¿tres? ¿Cuántas cariños más le haría ese hombre?, tan alto que temía que fuera a golpearse la cabeza en las nubes, tan callado que se asustaba cuando retumbaba su voz, tan extraño que sus conocidos, al cruzarse con él en la calle, mirando al suelo, chasqueaban la lengua, que era un modo de saludar sin saludar, tan ideático que lo evitaban en los caminos, un hombre cuyo esmero había reservado por completo para sus alqueires cercados con palos de baraúna y alambre de púas, portón adentro donde antes había montones de maleza, piedras, voçorocas, termitas, y ahora pastizales de ganado guzerat y gir, pomar de limas, limones, tangerinas, naranjas, cidras y mandarinas, plantaciones de tabaco, maíz, café, caña, hortaliza, arroz, aguacate, mango, jaca, pollos, patos, perros, gatos. Más tarde, Andrés recordaría las madrugadas en que, despierto por el zunzunzún de la noche, espiaba, por la rendija de la ventana del cuarto que daba hacia la vega, al Padre de pie, envuelto por el frío, aguzando la vista en las tinieblas para verificar el estado de cada planta, cada animal, cada brote, cada cría, lo suficientemente macho para abandonar la soca y guerrear contra un jaguar que hirió al Nego, un insignificante perrito juguetón, bobo, interesado, cobarde, pero registrado entre sus haberes, y lo bastante enérgico para ser capaz de pasarse años sin dirigirse a la persona de su esposa, desdeñándola hasta en la misa de cuerpo presente, por considerarla incompetente para engendrar hijos varones o, una vez paridos, para lograr que siguieran vivos, pues, de los cinco niños, sólo dos sobrevivieron en el tiempo. Los restantes se fueron, caídos uno a uno al alcanzar más o menos los siete palmos, el de tres años atacado por una cobra cruzeiro; el de doce, por una espina en el pie, a la que ni un emplasto de tapirapecú con aceite dulce logró vencer, murió prieto, como el lomo reluciente de un negro en el campo; el de dieciocho, melancólico, con las vísceras corroídas por el formicida. Sin embargo, a las niñas, que no servían para nada, a ésas las cebaba y encaminaba al matrimonio, repudiándolas en cuanto comenzaban a reglar, temor de las desgracias por venir que toda mujer carga escondidas en la intimidad de las ropas, como ésa, cuyo nombre no se pronuncia, pero cuyo infortunio hasta el polvo de los caminos susurra. Tiempos ha, un agente viajero pasó por la región, elocuente, orgulloso dentro de un traje y corbata empolvados, escandiendo una lengua más retorcida que las arrugas de los italianos antiguos, trayendo bajo el brazo dos valijas de cartón, de donde nacían —como por arte de magia— lámparas de queroseno y alfileteros, carretes de hilos y botones, misses y velos, carretes de caña de pescar y tubos para el cabello, porquería de menudencias y, confiado, vendía carísimas sus tonterías, ¿El patroncito no tiene dinero? ¿Va a dejar a las muchachas frustradas? ¡Oiga patroncito!, mojando la punta del lápiz en los labios garrapateaba encargos en una libreta con las esquinas de las hojas marcadas con dobleces y, cuando ya nadie se acordaba de él, alguien anunciaba como novedad, ¡El agente viajero llegó!, ¡El agente viajero llegó!, fiesta nacional. El Padre se apoyó en la punta de la azada mirando el humo que la chimenea expulsaba, se preguntó por la mayor, ¿no la vio? Abandonó el maizal a toda prisa, mandó alistar los caballos, se ajustó la antigua pistola en la pretina del pantalón, amarró la escopeta y un azadón en la silla y, con los dos criados, desafió los silbos de la noche confusa. Se cuenta que, movido por la sospecha, emboscó a los traidores en una pensioncita en Astolfo Dutra, pero el extranjero, saltando por la ventana que daba al patio, huyó a nado, atravesando el río Pomba para desaparecer con rumbo a Río de Janeiro, mientras que a la joven, la arrancó del cuarto, la arrastró de los cabellos, la amarró con una cuerda y emprendió la marcha con vigor, él montado, ella, ni pío, a pie, la mirada baja, hasta que en el crucero de la ciudad lo alcanzaron el delegado y dos soldados. El Padre, quitándose el sombrero, No se meta, señor, es bronca mía, no vale la pena, y el hombre, atemorizado, dirigiéndose a la muchacha, la interrogó, ¿Eres su hija?, y ella, triste, movió la cabeza afirmativamente, y el Micheletto viejo, Es una desgracia, señor, Es cosa del destino, y le ordenó a su bayo y a los dos criados, Vamos, gente. En la subida de la Serra da Onça, se apeó, a mediodía, ató la rienda a un árbol y llevó a la magdalena amarrada hacia lo alto del pastizal, el sol cayendo a plomo, desató el nudo, Vete, desgraciada, vete ya, vete bien lejos, ¡anda! gritó, empujándola por entre macizos de pasto gordura, ella, llorando, Padre, él, apuntando con la escopeta, Vete, desgraciada, te lo ordeno, ella, Padre, perdóneme, Padre, él, encañonándole el rostro, Vete, desgraciada, te lo ordeno, ella, Padre, y se echó a correr, desesperada, cuando de pronto la explosión de un tiro hizo que se suspendieran los ruidos de la tarde y los dos empleados, asustados, vieron al Padre regresar tranquilo en dirección al caballo, tomando el azadón, Hagan una tumba bien honda, para que los animales no se la coman, es carne de mi carne, y pónganle una crucecita encima, es carne de mi carne, espero en las Três Vendas, y cuando, al anochecer, allá llegaron, encontraron borracho al Micheletto viejo, amparado en el denso humo azulado del cigarro de hoja. Aunque fuera ésa la única muerte inscrita en su frente, ya estaría condenado para siempre, pero no, hundió un puñal en el pecho de un compadre rijoso, quien, protegiendo a un negro que cortaba leña en sus tierras, reveló su propia codicia, y otra más, un aparcero avaro que se enojó durante la repartición de una cosecha, él y un hijo grande, y se fueron discutiendo por el camino hasta que el muchacho tomó una estaca y acertó en el flanco derecho del Padre, quien, sacando la pistola, le dio dos tiros al hombre y uno al joven, que desapareció, gotas oscuras en la polvareda.</p></div>
				</div></p>
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