Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio

Autor: Amara Lakhous
Traducción: Fabrizio Lorusso
Género: Novela
Colección: Nómada
Tamaño: 13.5 x 21 cm
Páginas: 160
ISBN: 978-607956674-6
eBook ISBN: 978-607956675-3
Precio: $199.00 MXN




Share

Las lentes de un sinfín de culturas convergen en un solo punto: el ascensor de un pequeño edificio en Piazza Vittorio. Interminables conflictos entre los vecinos, extranjeros la mayor parte, crean un gran escenario en el que se revela la naturaleza oculta de cada uno de ellos. Nadie puede huir de las críticas y de los prejuicios de los otros. Se trata de una novela satírica, llena de polifonías que pone al descubierto el choque de civilizaciones.

Un ascensor, un asesinato ¿cuál de los vecinos de Piazza Vittorio ha sido? ¿Acaso Amedeo?



Amara Lakhous nació en Argel, Argelia en 1970 y
vive en Roma desde 1995. Licenciado en filosofía por la Universidad de Argel y en antropología cultural por la Universidad de Roma “La Sapienza”, empezó su carrera profesional en 1994 como periodista de la radio nacional argelina. En Italia, trabajó durante muchos años en el campo de la inmigración, desarrollando actividades de mediador cultural, intérprete y traductor. En 1999, publicó su primera novela, Le cimici e il pirata (Las chinches y el pirata) en versión bilingüe árabe/italiano, y en 2003 publicó en Argelia su segunda novela en árabe, Come farti allattare dalla lupa senza che ti morda (Cómo hacer que la loba te amamante sin que te muerda), posteriormente reescrito en italiano con el título Scontro di civiltà per un ascensore a Piazza Vittorio (Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio). Por esta novela, publicada en otros seis idiomas, ganó en 2006 el premio Flaiano de narrativa y el premio Racalmare–Leonardo Sciascia.

La verdad de Parviz Mansoor Samadi (fragmento del capítulo I)

¡Es imposible! ¡Amedeo un asesino! Jamás voy a creer en lo que me dicen. Lo conozco como conozco el sabor del Chianti y del ghormeh sabzi. Estoy seguro de su inocencia. ¿Qué tiene que ver Amedeo con ese delincuente que mea en el ascensor? Lo vi con mis propios ojos, le dije: “Éste no es un baño público”. Me miró con odio diciendo: “Si lo dices otra vez, ¡te meo en la boca! Tú estás en mi casa, ¡no tienes derecho a hablar! ¿Entendiste, pedazo de mierda?”. Y luego continuó, gritándome en la cara: “¡Italia a los italianos! ¡Italia a los italianos!”. No quise pelear con él porque está loco. ¿Han sabido de un hombre cuerdo que sin vergüenza mea en el ascensor y se hace llamar el Gla-diador? Francamente no lamento su muerte. El joven Gladiador no es el único loco en el edificio. ¡Hay una vecina de casa de Amedeo que llama a su perrito Amore! Lo trata como a un hijo o un marido, es más, una vez la oí decir que el perro duerme a su lado, en la misma cama. ¿No es esto el máximo de la locura? Dios creó a los perros para ser guardianes y proteger el rebaño de los asaltos de los lobos, para alejar a los ladrones, ¡no para que durmieran en los brazos de las mujeres!

Busquen la verdad en otro lugar. Tengo sospechas sobre el joven rubio que vivía con el Gladiador en su mismo departamento. De seguro es un espía o un agente de algún servicio secreto. Lo vi varias veces siguiéndome y vigilán-dome de lejos mientras le daba de comer a las palomas de Santa Maria Maggiore. Una vez me inundó de preguntas extrañas: “¿Por qué te gustan tanto las palomas?”, “¿Por qué siempre usas el ascensor?”, “¿Por qué tomas Chianti continuamente?”, “¿Por qué estás tan ligado a Amedeo?”, “¿Cómo es que odias tanto la pizza?”. Entonces, le grité en la cara: “¿Qué quieres de mí, espía?”. Malditos espías, ¡siempre están a la caza de secretos! En ese momento me miró sorprendido: “No entiendes que necesito toda la información sobre tu vida para mi película”. Le pregunté extrañado: “¿Qué dices?” y él: “Hablo de la película que voy a hacer en la que tú, Parviz, serás el protagonista”. En ese momento me pregunté, perplejo, si ese maldito rubio era un espía o un loco. Cuando le hablé de la cuestión, Amedeo me sonrió: “Parviz, no tengas miedo del Rubio, él sueña con volverse director de cine algún día. El ser humano necesita sueños, como los peces el agua”. No comprendí muy bien las palabras de Amedeo, pero no importa, lo que verdaderamente cuenta es que yo confío ciegamente en él.