El mundo enemigo

Autor: Luiz Ruffato
Traducción: María Cristina Hernández Escobar
Género: Novela
Colección: Nómada
Páginas: 248
Tamaño: 13.5 x 21 cm
ISBN: 978-607956676-0
Precio: $199.00 MXN




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Un mundo enemigo, la segunda novela de un ciclo de cinco sobre el proletariado brasileño, presenta un periodo marcado por el éxodo hacia las grandes metrópolis, São Paulo y Río de Janeiro, que emergen como posibilidad de liberación y como una perspectiva para un mejor futuro. Las relaciones entre los personajes se refriegan, la soledad se intensifica y la violencia y el malentendido se instalan. Los conflictos entre las generaciones y entre el medio rural y urbano a través de las décadas de los sesenta y los setenta son reveladas al lector con un estilo literario que es un reflejo de la realidad desordenada, intercalada y caótica.


Luiz Ruffato es considerado uno de los escritores más brillantes de la literatura Brasileña contemporánea. Nacido en Minas Gerais, en el seno de una familia de inmigrantes italianos, Ruffato fue el primero de su familia en realizar estudios universitarios. Desde que publicó su primera colección de historias, en 1998, Ruffato ha sido aclamado por la crítica. Se hizo merecedor del prestigioso premio de la Biblioteca Nacional, “Machado de Assis”, del premio Asociación Paulista de Críticos de Arte, y fue honrado con la recomendación especial como jurado del Premio Literario Casa de las Américas, de Cuba.

El sótano (fragmento del capítulo 'La demolición')

Recubierto de cemento, el minúsculo patio de dimensiones maracanianas delimitaba al Oeste con la espigada pared ciega de doña Eucy; al Este, invadía la cocina; al Norte, la barrera del muro que daba hacia una hilera de casas cabizbajas; al Sur, las viudas ventanas del cuarto de la madre —venecianas en luto riguroso desde el fallecimiento de don Marciano— y las ventilas del sótano que, en las luminosas tardes de enero, dejaban ver las musculosas vigas que sostenían las tablas del entarimado, sedosas telarañas iridiscentes, restos de suciedad que las hermanas barrían hacia la grieta, objetos engullidos por la soledad en claroscuro, y sobre lo que no se divisaba, se especulaba: ¿qué habría más allá de la penumbra, más allá de la abismal oscuridad?, ¿dónde terminaría aquel resumidero de silencios y sombras? El patio, la cancha de futbol. Portería delimitada con chanclas y esquinas, el balón pasando por entre las piernas laceradas de los chiquillos. Cierta tarde —era julio, el de los días corrompidos— se hallaban enfrascados en un par-tido Lucas, Marquinho, Tiquinho, Gilmar —con camiseta naranja, de cuello alto y congelados pies desnudos con raspones recientes—, ¿cómo olvidarlo? Inclinada sobre el mantel de plástico verde que cubría la mesa de la cocina, la paciencia de la madre limpiaba los frijoles, los lentes pesaban sobre la madera carcomida del rostro. Cerca, el locutor de Rádio Cataguases tropezaba, emocionado, con las lágrimas de la carta de un radioescucha. A lo lejos, las aguas del río Pomba diluían las horas del reloj. Entonces, en un relámpago, cuatro pares de ojos habían visto cómo el balón, lanzado a media altura por Tiquinho, se había encajado, por un milagro, en la pequeña abertura por donde respiraban los escondrijos de la casa. Corazones compungidos, de dos en dos, los cuatro pares de ojos buscaron iluminar el sótano, pero allá adentro sólo había cosas inútiles como peines, horquillas, moneditas de plata, fósforos consumidos, bolas de pelo, residuos. Llorando, con miedo de que su madre le pegara, ¿Ves lo que hiciste?, ¿lo ves?, Lucas abofeteó a Tiquinho, coscorrones, puntapiés, puñetazos, manotazos, patadas voladoras, sin compasión, al final todos le pegaban a aquel sarará sin padre, echado a la calle, tobillos polvorientos arañados, cabellos crespos sucios, camisa desdentada de botones, pantaloncito percudido, sin estabilidad en el mundo, ¡Ahora, vas a tener que ir allá adentro a buscarla! En la cocina —vacía la silla donde doña Marta había estado sentada hasta hacía poco—, los mosquitos zumbaban cagándose en la austeridad del retrato oval de don Marciano. Obligado, Tiquinho metió la pierna derecha en el agujero, el hombro derecho, la cabeza, el brazo izquierdo, la pierna izquierda. De repente murmuró, No se puede ver nada, Tengo miedo, lloriqueó, intentando retroceder, pero Lucas, Marquinho y Gilmar se lo impidieron con golpes y escupitajos. Tiritando, Tiquinho apoyó los pies descalzos en el piso pegajoso, asustando ratones, lagartijas, escarabajos, escorpiones, arañas y todo cuanto vive en las profundidades ignotas de la Tierra, y desapareció en la oscuridad pegajosa. Doña Marta se acercó con mucha cautela, sospe-chando que estaban haciendo tonterías, demasiada quietud, dijo, ¿Qué están mirando allí?, el envoltorio ceniciento de los panes aún en la mano, ¿Qué pasó? Piernas temblorosas, los niños, formando una barrera frente al agujero, se volvieron hacia ella, Nada, mamá, empezó Gilmar, irritado, Estábamos… Viendo lo que hay debajo del entarimado, completó Lucas, cínico, Marquinho moviendo la cabeza de izquierda a derecha. Ué, ¿dónde está Tiquinho? ¿Tiquinho?, repitió Gilmar, Se tuvo que ir, doña Marta, dijo Lucas, Ah, dijo la madre, desconfiada, Voy a traerles un café.