Las Madonnas de Echo Park

Autor: Brando Skyhorse
Traducción: Yara Trevethan
Género: Novela
Colección: Nómada
Páginas: 320
Tamaño: 13.5 x 21 cm
ISBN: 978-607828100-8
Precio: $249.00 MXN



Share

“Nos deslizamos a este país como ladrones, a la tierra que alguna vez fue nuestra”. Con estas palabras, expresadas por un trabajador ilegal mexicano, Las Madonnas de Echo Park nos adentra al mundo desconocido de Los Ángeles.
Lejos de las fantasías de Hollywood, Brando Skyhorse recrea la historia de un barrio y el destino de una familia. Las vidas de Felicia, sirvienta en una casa de Hollywood Hills, y de su hija Aurora, se entremezclan con las de trabajadores, pandilleros, y adolescentes fascinados con MTV. Todos ellos, desgarrados entre dos culturas, marcados con cicatrices de un país que no los quiere, luchan para deshacerse de su identidad étnica en la búsqueda del sueño americano.



Brando Skyhorse nació y creció en Echo Park, California. Se graduó de Stanford University y luego del programa de MFA Writersʼ Workshop de la Universidad de California, Irvine. Su primera novela, “The Madonnas of Echo Park”, recibió el PEN/Hemingway award 2011 y el Sue Kaufman Prize por Primer Ficción de la American Academy of Arts and Letters. Brando está trabajando en un libro de memorias que se publicará en 2013: “Things My Fathers Taught Me”.




Fragmento del capítulo: Bienvenidos


Nos deslizamos a este país como ladrones, a la tierra que alguna vez fue nuestra. Aquellos que nunca habían estado aquí podrían ver al fin la Tierra Prometida en la oscuridad; aquellos que fueron deportados y regresaron, sólo una sombra de esta promesa. Antes de que salga el sol en este famélico desierto que se extiende desde la resaca más feroz del Pacífico hasta la cima de sílex más pronunciada de las Montañas de San Gabriel, la temperatura desciende a un frío helado, la frontera desaparece y, en un abrir y cerrar de ojos, corremos, transportados por el aliento helado de la mañana, hacia cocinas calientes para cocinar tu comida; valsando a través de kilómetros de baldosas para limpiar tus casas; instalándonos como rocío sobre los jardines delanteros enmarañados, para cortar tu pasto. Corremos hacia este Sueño Americano con la determinación de liberarnos de todo lo que conocemos y amamos, que nos agobia si tenemos cualquier esperanza de supervivencia. Así es como aprendemos a navegar el terreno.
Yo mido la tierra, no por lo que tengo, sino por lo que he perdido; porque entre más pierdes, más americano te vuelves. En Chávez Ravine, en los ondulados valles de jade de Elysian Park, mi familia perdió su casa al sonido de las ovaciones de gringos animando a un equipo de béisbol que le robaron a otro pueblo. Cuesta abajo en Echo Park, perdí a mi esposa –y a la mujer por quien la abandoné– cuando se me agotaron las excusas, y a ellas el perdón. Al otro extremo de la ciudad, en Hollywood, perdí mi trabajo de dieciocho años cuando un restaurante que atendía a la moda y a la fama descubrió que sus últimos clientes no eran ni lo uno ni lo otro. Y mis hijas, ambas, están perdidas para mí, en algún lugar bajo el deslumbrante sol de California.
Lo que pensé que no podría perder es mi lugar en este país. ¿Cómo puedes perder algo que nunca te ha pertenecido?
—¡Bienvenidos! Todos son bienvenidos aquí —anuncia David Tenant desde la plataforma de su pickup GMC color champiñón, en el estacionamiento de la ferretería Do-It Yourself, sobre Sunset Boulevard de Echo Park. Se dirige tanto a los asiduos como a quienes no regresarán porque el trabajo es muy pesado o la paga muy escasa, o porque habrán sido deportados o porque habrán continuado su camino hacia Salinas, San Diego o Phoenix. Hay cientos de estacionamientos como éste en Los Ángeles, y miles de hombres como yo en ellos, esperando un día de buena paga. Eso no es muy común en estos tiempos porque los trabajos de construcción son escasos, pero hoy, la primera mañana fría y seca después de una semana de lluvia, Tenant está buscando hombres y, si tengo suerte, podría ganar hasta cien dólares por una jornada de diez horas.
Una multitud inquieta de unos treinta o cuarenta hombres se agita en torno a la camioneta de Tenant; nuestro apetito por trabajar es como los tentáculos de un pulpo que engullen el vehículo incorporándolo en nuestra masa de cuerpos. Los más jóvenes, apretando las teclas de sus viejos teléfonos celulares, se aglomeran al frente; mientras que los abuelos están encorvados, ya sea por devoción o por agotamiento, al fondo. Tenant salta sobre un bloque de cajones, alza los brazos como hace un director cuando prepara a su orquesta para iniciar una sinfonía y apoya su bota sobre el portón trasero de la camioneta.
—¿Quién está aquí para trabajar? —grita.
Alzamos las manos y exclamamos —¡Yo, señor!