Mamma, son tanto felice

Autor: Luiz Ruffato
Traducción: María Cristina Hernández Escobar
Género: Novela
Colección: Nómada
Páginas: 200
Tamaño: 13.5 x 21 cm
ISBN: 978-607956670-8
eBook ISBN: 978-607956671-5
Precio: $199.00 MXN


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Mamma, son tanto felice recrea el universo de una comunidad de inmigrantes italianos en el Brasil de principios del siglo pasado, en un collage de historias minuciosamente construidas. Un padre vengativo y violento sigue la lenta desintegración de la familia; el remordimiento y la enfermedad consumen a una mujer; una madre y su hijo saldan sus cuentas con el pasado; un hombre se siente culpable de un delito que no está seguro de haber cometido; otro desaparece sin dejar rastro; un maestro guarda un secreto terrible…

Todos ellos, “propietarios del imposible retorno”, pueblan este nuevo mundo que surge como un infierno.


Luiz Ruffato es considerado uno de los escritores más brillantes de la literatura Brasileña contemporánea. Nacido en Minas Gerais, en el seno de una familia de inmigrantes italianos, Ruffato fue el primero de su familia en realizar estudios universitarios. Desde que publicó su primera colección de historias, en 1998, Ruffato ha sido aclamado por la crítica. Se hizo merecedor del prestigioso premio de la Biblioteca Nacional, “Machado de Assis”, del premio Asociación Paulista de Críticos de Arte, y fue honrado con la recomendación especial como jurado del Premio Literario Casa de las Américas, de Cuba.

Una fábula (fragmento del capítulo I)

El Micheletto viejo reservaba los domingos para, además de asistir a misa en la iglesia de san Sebastián, hacer averiguaciones sobre pleitos, herrar el caballo, comprar víveres con Maneco Linhares, bagatelas en la tienda del Turco, cascar arroz en la máquina, echarse unos tragos donde Pivatto, probar suerte en el trueque de un novillo o de un cerdo semental, llevar un pedido de huevos de pato, un ipequí, alguna tontería de mujer, una cosa, otra. Los ojos de Andrés iluminaron al Padre en un día como ése: dos enormes brazos largos se prendieron de los hombros del gigante, que, medio borracho, desfiló por la plaza, orgulloso, señalando en las copas de los árboles a los perezosos, dándoles palomitas a los titís ariscos, pateando perros callejeros adormilados. Lo rancio del humo, que —al ser exhalado de los vastos bigotes pelirrojos desparramados sobre la boca— impregnaba los ya escasos cabellos rubios, los ojos azules, la ropa de algodón ordinaria, los poros, y todo esto, junto con el ácido aroma de la cachaza, marearon a Andrés, su vista se nubló, ¿cuántos años tenía entonces? ¿dos? ¿tres? ¿Cuántas cariños más le haría ese hombre?, tan alto que temía que fuera a golpearse la cabeza en las nubes, tan callado que se asustaba cuando retumbaba su voz, tan extraño que sus conocidos, al cruzarse con él en la calle, mirando al suelo, chasqueaban la lengua, que era un modo de saludar sin saludar, tan ideático que lo evitaban en los caminos, un hombre cuyo esmero había reservado por completo para sus alqueires cercados con palos de baraúna y alambre de púas, portón adentro donde antes había montones de maleza, piedras, voçorocas, termitas, y ahora pastizales de ganado guzerat y gir, pomar de limas, limones, tangerinas, naranjas, cidras y mandarinas, plantaciones de tabaco, maíz, café, caña, hortaliza, arroz, aguacate, mango, jaca, pollos, patos, perros, gatos. Más tarde, Andrés recordaría las madrugadas en que, despierto por el zunzunzún de la noche, espiaba, por la rendija de la ventana del cuarto que daba hacia la vega, al Padre de pie, envuelto por el frío, aguzando la vista en las tinieblas para verificar el estado de cada planta, cada animal, cada brote, cada cría, lo suficientemente macho para abandonar la soca y guerrear contra un jaguar que hirió al Nego, un insignificante perrito juguetón, bobo, interesado, cobarde, pero registrado entre sus haberes, y lo bastante enérgico para ser capaz de pasarse años sin dirigirse a la persona de su esposa, desdeñándola hasta en la misa de cuerpo presente, por considerarla incompetente para engendrar hijos varones o, una vez paridos, para lograr que siguieran vivos, pues, de los cinco niños, sólo dos sobrevivieron en el tiempo. Los restantes se fueron, caídos uno a uno al alcanzar más o menos los siete palmos, el de tres años atacado por una cobra cruzeiro; el de doce, por una espina en el pie, a la que ni un emplasto de tapirapecú con aceite dulce logró vencer, murió prieto, como el lomo reluciente de un negro en el campo; el de dieciocho, melancólico, con las vísceras corroídas por el formicida. Sin embargo, a las niñas, que no servían para nada, a ésas las cebaba y encaminaba al matrimonio, repudiándolas en cuanto comenzaban a reglar, temor de las desgracias por venir que toda mujer carga escondidas en la intimidad de las ropas, como ésa, cuyo nombre no se pronuncia, pero cuyo infortunio hasta el polvo de los caminos susurra. Tiempos ha, un agente viajero pasó por la región, elocuente, orgulloso dentro de un traje y corbata empolvados, escandiendo una lengua más retorcida que las arrugas de los italianos antiguos, trayendo bajo el brazo dos valijas de cartón, de donde nacían —como por arte de magia— lámparas de queroseno y alfileteros, carretes de hilos y botones, misses y velos, carretes de caña de pescar y tubos para el cabello, porquería de menudencias y, confiado, vendía carísimas sus tonterías, ¿El patroncito no tiene dinero? ¿Va a dejar a las muchachas frustradas? ¡Oiga patroncito!, mojando la punta del lápiz en los labios garrapateaba encargos en una libreta con las esquinas de las hojas marcadas con dobleces y, cuando ya nadie se acordaba de él, alguien anunciaba como novedad, ¡El agente viajero llegó!, ¡El agente viajero llegó!, fiesta nacional. El Padre se apoyó en la punta de la azada mirando el humo que la chimenea expulsaba, se preguntó por la mayor, ¿no la vio? Abandonó el maizal a toda prisa, mandó alistar los caballos, se ajustó la antigua pistola en la pretina del pantalón, amarró la escopeta y un azadón en la silla y, con los dos criados, desafió los silbos de la noche confusa. Se cuenta que, movido por la sospecha, emboscó a los traidores en una pensioncita en Astolfo Dutra, pero el extranjero, saltando por la ventana que daba al patio, huyó a nado, atravesando el río Pomba para desaparecer con rumbo a Río de Janeiro, mientras que a la joven, la arrancó del cuarto, la arrastró de los cabellos, la amarró con una cuerda y emprendió la marcha con vigor, él montado, ella, ni pío, a pie, la mirada baja, hasta que en el crucero de la ciudad lo alcanzaron el delegado y dos soldados. El Padre, quitándose el sombrero, No se meta, señor, es bronca mía, no vale la pena, y el hombre, atemorizado, dirigiéndose a la muchacha, la interrogó, ¿Eres su hija?, y ella, triste, movió la cabeza afirmativamente, y el Micheletto viejo, Es una desgracia, señor, Es cosa del destino, y le ordenó a su bayo y a los dos criados, Vamos, gente. En la subida de la Serra da Onça, se apeó, a mediodía, ató la rienda a un árbol y llevó a la magdalena amarrada hacia lo alto del pastizal, el sol cayendo a plomo, desató el nudo, Vete, desgraciada, vete ya, vete bien lejos, ¡anda! gritó, empujándola por entre macizos de pasto gordura, ella, llorando, Padre, él, apuntando con la escopeta, Vete, desgraciada, te lo ordeno, ella, Padre, perdóneme, Padre, él, encañonándole el rostro, Vete, desgraciada, te lo ordeno, ella, Padre, y se echó a correr, desesperada, cuando de pronto la explosión de un tiro hizo que se suspendieran los ruidos de la tarde y los dos empleados, asustados, vieron al Padre regresar tranquilo en dirección al caballo, tomando el azadón, Hagan una tumba bien honda, para que los animales no se la coman, es carne de mi carne, y pónganle una crucecita encima, es carne de mi carne, espero en las Três Vendas, y cuando, al anochecer, allá llegaron, encontraron borracho al Micheletto viejo, amparado en el denso humo azulado del cigarro de hoja. Aunque fuera ésa la única muerte inscrita en su frente, ya estaría condenado para siempre, pero no, hundió un puñal en el pecho de un compadre rijoso, quien, protegiendo a un negro que cortaba leña en sus tierras, reveló su propia codicia, y otra más, un aparcero avaro que se enojó durante la repartición de una cosecha, él y un hijo grande, y se fueron discutiendo por el camino hasta que el muchacho tomó una estaca y acertó en el flanco derecho del Padre, quien, sacando la pistola, le dio dos tiros al hombre y uno al joven, que desapareció, gotas oscuras en la polvareda.