Tren a Trieste

Autor: Domnica Radulescu
Traducción: Karoly Molina
Género: Novela
Colección: Nómada
Tamaño: 13.5 x 21 cm
Páginas: 440
ISBN: 978-607956672-2
eBook ISBN: 978-607956673-9
Precio: $249.00 MXN


Disponible en iTunes - iBooks de Apple.

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Domnica Radulescu entrelaza magistralmente una historia de amor con la de un país que sufre. Un amor apasionado, intriga política, compromisos e ideales se encuentran, se atraen y se rechazan, en un lugar con oportunidades limitadas. Se trata de un valioso documento sobre la vida en una Rumania bajo la dictadura de Nicolae Ceaușescu y un espléndido recorrido por mundos culturales paralelos y diversos.

Es el verano de 1977 cuando Mona Manoliu, de 17 años, se enamora de Mihai, un muchacho provinciano con ojos verdes. Una historia de amor apasionada se desarrolla entre ellos, pero en una Rumania bajo la dictadura, tanto la vida como el amor son difíciles. Mona decide dejar ese mundo en donde todos sospechan de todos, y huye de su país a bordo de un tren, el tren a Trieste.

Una cultura y un mundo nuevos se revelan ante los ojos de Mona, no obstante, mientras construye una nueva vida, la pregunta de quién era en realidad Mihai continúa persiguiéndola. Años después regresa a su país natal decidida a descubrir la verdad acerca del amor de su vida.



Cuando tenía sólo veinte años Domnica Radulescu ganó un premio nacional de literatura en Rumania por una colección de cuentos. Poco después huyó del país escapando de la dictadura comunista de Nicolae Ceaușescu. Luego de recibir su Doctorado por la Universidad de Chicago, se dedica a dar clases de literatura francesa e italiana, y de estudios de la mujer en Washington y en la Universidad de Lee en Lexington, Virginia. Es autora de artículos y libros sobre la literatura y el teatro europeos. Tren a Trieste es su primera novela.

Lunas anaranjadas (fragmento del capítulo I)

Me encuentro a Cristina, mi amiga de la infancia. Sus dos trenzas color castaño están enrolladas alrededor de su cabeza, y me da la noticia, sin aliento, sin una palabra de introducción o algún saludo, como si hubiera estado esperando encontrarme en la calle esta noche.

“¿Escuchaste lo de Mariana? Mihai la mató”, dice Cristina. “Los dos fueron a un viaje de tres días a fines de abril. Bajaban la Piedra del Príncipe, tratando de llegar a su tienda de campaña antes de que oscureciera. Él caminaba detrás de ella, y accidentalmente pateó una piedra suelta. Le pegó en la cabeza y la mató, así.”

Cristina comienza a sollozar. Era buena amiga de Mariana y aprendió de ella a besar y sobre cómo hacer el amor, que luego me platicaba. Intento visualizar a Mariana. Solía admirarla. Me daba envidia su voz rasposa y cómo soplaba el humo del cigarrillo formando aros. Amaba la forma en la que se dejaba caer sin cuidado en las piernas de su novio, girando sus faldas gitanas. Pero, más que nada, me imagino a su novio Mihai Simionu. Tiene ojos verdes y pestañas largas, y rasgaba las cuerdas de su guitarra y tocaba canciones melancólicas. La noticia de Cristina sobre el accidente me horroriza, pero por algún motivo no me siento triste por Mariana.

Mihai y Mariana tienen cuatro años más que Cristina y yo, y nosotras estábamos fascinadas con ellos y con su amor. A veces los seguíamos y los espiábamos. Yo veía a Mihai de reojo, mientras caminaba de la mano de Mariana y chiflaba. Ahora me lo imagino caminando así, pero no hay nadie tomando su mano. En lugar de ir hacia la avenida, regresamos a nuestro barrio. Cristina no quiere que todo el mundo la vea llorando. Pasamos una hilera de casas de piedra perfectamente alineadas, color amarillo, durazno y azul, camino al parque que está al final de la calle y vemos a Mihai caminando en círculos en las sombras alrededor de la banca de madera donde él y Mariana solían besarse y cantar hasta tarde por la noche. Él no está afeitado y tiene pantalones cortos a cuadros, botas y una camisa arrugada de manga corta. Cristina comienza a llorar otra vez cuando lo ve, y le digo que se vaya a casa y me deje a solas con él.

Lo veo fumando uno de esos cigarrillos rumanos sin filtro que llaman Carpaţi, Cárpatos, casi como una broma cruel. Nunca entendí por qué tales cigarrillos apestosos llevan el nombre de nuestros más bellos patrimonios naturales. Los cigarrillos rumanos son los peores cigarrillos del mundo, amargos y agrios. De pronto, me duele el corazón por él, fumando y caminando furiosamente, dolido por su pérdida. Voy hacia él, me cruzo en su camino desvergonzadamente para que no me pueda ignorar. Me tiene que ver. Y lo hace. Descansa de su enojo y sonríe un poco, haciendo bizco sus ojos verdes en el humo. Le pregunto si quiere caminar conmigo. Él acepta.

La luna está llena, colgando bajo. Él lleva la cabeza agachada y camina rápido. No puedo seguirle el paso. La cara todavía me arde por el sol del Mar Negro y por la noche de verano, por la luna llena y por sus ojos verdes. Estoy ardiendo como brasas. Brillo en la oscuridad.

No hay carne en las tiendas ni hay papel de baño. La harina, el aceite y el azúcar están racionados. La gente dice que está tan mal ahora en 1977 como lo estaba durante el estalinismo. Lo peor de todo es que hay hombres con chaquetas de cuero negras y ojos pequeños que observan en todas las esquinas, en todos los pisos de todos los edificios, y que escuchan cada línea telefónica. Quieren saber si te estás quejando, si bromeas, si hablas con extranjeros, si planeas salir del país, y en dónde conseguiste tus cigarrillos Kent. De algún modo, mucha gente logra escapar del país. Casi todos los días hay noticias sobre fulano y zutano que se fueron en un viaje turístico a Alemania y nunca regresaron, o que fueron a Yugoslavia y luego, de algún modo, terminaron en Italia. Afortunados, siempre decimos. Gente inteligente, ¡qué bueno por ellos!, también decimos.