Vista parcial de la noche

Autor: Luiz Ruffato
Traducción: María Cristina Hernández Escobar
Género: Novela
Colección: Nómada
Páginas: 192
Tamaño: 13.5 x 21 cm
ISBN: 978-607828102-2
Precio: $199.00 MXN




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Un ex soldado raso trae la guerra prendida a las ropas; la BBC alerta sobre el inminente ataque de la Luftwaffe a Cataguases; el Club de Remo homenajea a las antiguas reinas del Carnaval; un chicote fustiga las memorias de un niño; el Botafoguinho, de Paraíso, nace y muere; una Navidad inolvidable; un asesinato estropea la noche fría; un borracho es tragado por la tempestad; en un prostíbulo, la amiga de infancia; una mujer descubre su lugar en el mundo; un hombre renuncia a la vida.

Ésta es una vista parcial de la noche que se aproxima.


Luiz Ruffato es considerado uno de los escritores más brillantes de la literatura Brasileña contemporánea. Nacido en Minas Gerais, en el seno de una familia de inmigrantes italianos, Ruffato fue el primero de su familia en realizar estudios universitarios. Desde que publicó su primera colección de historias, en 1998, Ruffato ha sido aclamado por la crítica. Se hizo merecedor del prestigioso premio de la Biblioteca Nacional, “Machado de Assis”, del premio Asociación Paulista de Críticos de Arte, y fue honrado con la recomendación especial como jurado del Premio Literario Casa de las Américas, de Cuba.

Enemigos en el patio (publicado en Letras Libres, diciembre 2014)

¿¡Eh!?, las tortolitas agitaron ariscas las alas, sumer- giéndolas en el silencio húmedo de diciembre, ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ¿¡Eh!?, escarbaban la tierra con el pico, zureando, aún ahí, ¿Con qué se asustaron? La mecedora, ahora inmóvil. La mano derecha, adiestrada, palpó a ciegas el cuerpo de la escopeta que dormitaba recostada en la pared. Ojos y oídos escudriñan la tarde suspendida, sábana blanca asoleándose en el tendedero. Camuflada en el pecho, la mina lista para disolver el mundo en un chorro de sangre. ¿Simão? Lentamente, se levantó la piyama de franela amarilla, los tenis conga rojos comenzaron a arrastrar pensamientos hacia el terrero. Ruidos, ¿de dónde venían? ¿Iban a tomar por asalto la casa? Junto al muro, las huellas de las botas militares sobre la delicada capa verde de lodo que se desparrama a la sombra de los pao ferro. Están aquí, lo invadió la certeza. ¡Están aquí! Necesitaba sorprenderlos. Las llantas del camión mastican la nieve. Ojos saltones alumbran las tinieblas. El motor ruge, desesperado. Va a comenzar. Dentro de poco, va a comenzar. ¿Simão? Cuatro de la madrugada. Quince grados bajo cero. La madrugada son granadas, morteros, bombas, muertos, muertos, muertos. “…legítimo portador de la gran paz que el mundo hoy…” El cañón de la ametralladora se adentra en la casa semidestruida, Ya no aguanto más, teniente, ¡ya no aguanto más!, se tira al suelo, huesos y recuerdos abrazados a pedazos de madera (que ya no son vigas, cumbreras, muebles), fragmentos de barro (que ya no son ladrillos, tejas, jarrones), trozos de porcelana (que ya no son platos, tazas, teteras), la cal salpicando el uniforme, fustigando los ojos. Revuelve la casa, escabulléndose por la pared amarilla ennegrecida por el moho, el cañón de la escopeta huele al enemigo, llega hasta el lavadero, los avista, en el patio, entre los árboles, son ellos. ¡La guerra! ¡Nísia, la guerra comenzó! ¿Sí? Sí, todo mundo está comentando en la plaza… Mamá, ¿qué dijo papá? Comenzó…comenzó la guerra… ¿La guerra? Sí, pero es alláááá lejos… En Europa… No te preocupes, m’hijo, no te preocupes… ¡La guerra! Arrastrándose, cruza por los canteros moribundos del jardín reseco, posicionándose en medio del follaje, su trinchera. Extendido en la tierra, ametralladora acurrucada en el pecho observa la labor de las nubes, la circunnavegación de los buitres, vigila. Una ruina. ¡Eso!: una ruina. Escombros, sólo escombros. ¿Simão? Nervios destrozados, músculos flagelados, dientes desportillados, los ojos como cubiertos por un velo, oídos estropeados, dolores, dolores en las piernas, en los brazos, en los hombros, en la espalda, en la planta de los pies, dolores. El corazón profundamente triste, abatido. Y, arruinándolo todo, el sueño, envenenada manzana atorada en la garganta, dormir, dormir, dormir, por siempre jamás, embeberse por completo en las aguas de la gran noche: ¿esto es un hombre? “Por más tierra que recorra, no permita Dios que yo…” ¡¿Mamá?! Mamá…tengo…tengo miedo, mamá… ¿Van a llevarme? ¡Me gustaría tanto estar allí! ¡Tanto! Del otro lado de la pared, ella se muere. La tos la hizo expulsar la dentadura. La enfermedad chupa sus carnes. Esto es lo que quedó: los cabellos crespos requemados desparramados sobre la almohada. Tose, tose, tose y vomita en el orinal. Se cubre la cabeza, pero la aflicción penetra en el ajedrezado de la cobija. ¿Simão? Enfrente, el enemigo pasea su arrogancia, tres rubísimos alemancitos, rostros magullados por las espinillas, podía sentir su respiración entrecortada, qué pena, tan jóvenes, pero, estamos en descampado, y, en el cinto, se busca la granada. Analfabetos de cuero, los pies revientan de ampollas, como hongos. Querían que pro- siguiera y prosiguió: había anclado en el infierno. Esto que ve es el infierno, teniente. El infierno es justo esto. De un coraje, decían, murió su padre. En menos de un año, tantas cosas… Turco, hey turquito, ven aquí, ven, ven a jugar con la. Lívido, fue llevado de prisa a la Clínica, lívido. Respiraba con dificultad, parecía decir algo, el tiempo le ganó. Sucumbió por tener al hijo tan lejos, decían. “Papá y mamá, por medio de la presente les doy noticias de esta guerra extraña y triste. Gracias a Dios, llegué bien, aunque haya sido un viaje muy largo. Llevo aquí cuatro días y ya los extraño. Recen por su hijo. Simão” Su madre ahí murió un poco. Rudo, el pene marchito, el rostro trabado de rabia, empujó a la italiana, No puedo, no puedo. De la botella bebió largos tragos de vino. La vieja casa, inmunda; navegaba por las calles enfiestadas de Parma. ¿Simão? Simão, m’hijo, ¿estás allí? ¿Simão? A veces, silencio. En un rincón, enfurecido, pasaba el día callado, ajeno, triste. Melancólico. Otras veces, espasmos: las palabras nacían a borbotones, ansiosas, histéricas, convulsivas. (El dedo trémulo del sargento Cardoso señaló la oscuridad. Susurró algo, corrió. Pocos metros lo cargaron sus piernas. Cayó, medio tragado por la nieve, despedazado por una ráfaga de ametralladora que, desde un refugio en lo alto del cerro, hacía zumbar su matraca. En la guerra, es así, la muerte: un silencio brusco. Los gritos, estallidos, explosiones de súbito desaparecen y bogamos en un mar infinito. Y son tantos, los muertos, que, luego de cada bombardeo, nos pasamos las manos por el cuerpo para cerciorarnos de que no, no hay ningún agujero por donde se nos esté escapando, subrepticia, la vida.) No pasará de esta noche. Ya sin fuerzas para sorber el aire, los pulmones flaquean, se rinden. No pasará de esta noche. ¿Simão? En el laberíntico entronque de los árboles de mango, los alemancitos desaparecieron. ¡Teniente, la pierna del soldado Lemos! ¡Teniente, la pierna del soldado Lemos! ¡Teniente, la pierna del. Colgada de una finísima cadena bañada en oro, indagaba qué imagen era la de la medallita, ¿Sabes qué santa es ésta? La encontré en Italia; nunca supe su nombre. Nunca lo supe. ¿Están viendo? Nuestro objetivo es. ¿No pasará de esta noche? Mamá, la guerra… No te preocupes, es alláááá lejos, en Europa. Quieto, bajo la casa, telarañas y botellas empolvadas. Justo sobre su cabeza, pesados pasos de las botas militares. Los vigila por las grietas del piso de madera. ¿Vinieron a buscarme, mamá? La guerra se acabó, Simão. Hace mucho tiempo que la guerra se acabó… Don Simāo, ¿se tomó el jarabe? ¿Y la medicina para el corazón? ¿Y la medicina para la circulación? ¿Y el? ¿¡Eh!? ¡Dios mío, ahí vienen! ¿Dónde está la granada? Tres, ellos, en la mira. Hey, Turco, ¿vamos a encender la antorcha? “…es la afirmación de nuestra conciencia nacional, en torno de las más nobles ideas que los…” Las manos alemancitas estiran el frente de las camisetas, convirtiéndolas en morrales, cargados de La rueda hace chirriar el acero sobre los rieles, vagones que desbordan mena de hierro cruzan la ciudad como una serpiente corta el camino: desentendiéndose. El silbato. El corazón descarrila. ¿Simão? La escopeta flaquea, aprieta los oídos, Va a comenzar, Va a comenzar. ¡La sirena! ¡Los aviones! ¡Las bombas! Más cerca: los vagones, el silbato. La piyama de franela amarilla se espanta, la orina escurre por la pierna. ¡Uuuuuuuuuuuh! Brazos esquizofrénicos se apresuran a refugiarse bajo los árboles. ¡Uuuuuuuuuuuh! ¡La sirena! ¡Los aviones! ¡Las bombas! La cabeza estalla en pedazos. ¿Quieres leite de camela, Simão? Tres bermudas sucias, piernas finas, costillas sobresalientes escalan el muro, llenos de pavor, dejando un rastro de mangos ubá, pintitos de tan maduros.